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Le miroir d'Aimengart

novela

Le miroir d'Aimengart

Autor del libro:
Gwendoline Hancke
Autoría de la reseña:
Joan Trabal
Actualizado:
246.272 visitas← Todos los libros

Sinopsis

Le Miroir d'Aimengart es una novela histórica basada en hechos y vidas reales documentados en las actas de la Inquisición. Reconstruye el destino de una noble del Languedoc durante la época del catarismo y de los primeros grandes procesos inquisitoriales. Aimengart, de la familia de los señores de Mirepoix-Péreille, crece cerca de Montségur, protegida de los acontecimientos militares que transforman su país. Sin embargo, un encuentro traumático marca su infancia, la aleja de la Iglesia católica y refuerza su compromiso con el catarismo, la religión de su familia y su entorno.

Su padre la casa con Pèire de Mazerolles, un combativo caballero faidit y coseñor de Gaja-la-Selve, en el Lauragais. Pese a las reticencias iniciales, acaba encontrando en él el reflejo de su personalidad y sus convicciones. Pero no son tiempos para una vida conyugal tranquila. Mientras su marido recorre los caminos escoltando a los buenos hombres y participando en revueltas, Aimengart intenta conservar el control de su vida. La sacuden el deseo insatisfecho de maternidad, la existencia del hijo ilegítimo de Pèire y de su concubina, la tejedora Gailharda, las dificultades de la Iglesia cátara clandestina y la llegada de los primeros inquisidores. El cerco sobre ella y sus seres queridos se va estrechando.

Extraído de la página de Gwendoline Hancke.

Reseña

Le miroir de Aimengart es una novel•la histórica, pero una excel•lento novel•la y una excel•lento novel•la histórica. Lo expreso de este modo porque a menudo la novel•la histórica es susceptible de ser un producto de consumo pensado más para contar las abanicas que no para perdurar en el recuerdo de los lectores. En este caso, Hancke escribe una novel•la concienzudamente y ofrece a los lectores una trama interesante con una intención didáctica de fondo y a la vez presenta un trabajo rellenado de detalles, de rigor y de pasión por una época histórica que la fascina y a la vez conoce muy bien en cuanto que es historiadora y especialista en los tiempos que fabula. Por otro lado, ser historiadora no garantiza en absoluto la calidad del producto final, y no creo que sea en absoluto imprescindible para hacer una buena novel•la histórica, pero sí que puede garantizar, como es el caso, la fidelidad al tiempo histórico escogido, rigor de que muchas obras están descaradamente faltadas por escarnio de sus lectores y oprobio de escritores y editores cobdiciosos. Pero más allá de este tema de la documentación —que parecería evidente en uno novel•la histórica siempre y cuando el escritor pretenda algo más que los por otro lado naturales beneficios— es difícil de cifrar cuáles son los puntos que hacen que una novel•la histórica sea un producto literario sólido. Es obvio que las obras de Marguerite Yourcenar —una de las primeras y grandes escritoras del género histórico— o de Robert Graves son literatura en mayúsculas y algunas de las que todavía corren por el mercado valdría más que pasaran a mejor vida. Pero, que hace que Yourcenar sea mejor que Chufo Llorens? Qué hace que yo considere Hancke en la línea de Garves o Eco y no en la de Ildefonso Falcones? Las obras clasificadas con este controvertido hashtag de históricas tienen que tener necesariamente un componente de divertiment para evitar ser manuales de historia, pero son primordialmente ficción y, por lo tanto, tienen que funcionar como artificios literarios. Como tales los hace falta solidez narrativa entendida como un buen trabajo del punto de vista, de los personajes, del contexto, del estilo y, por lo tanto, también de la lengua, que si bien no se espera el mismo que de otra obra si se deja de banda y se utiliza un lenguaje excesivamente estándar se resta carácter al conjunto y se pierde brillantez. Es decir, que la novel•la histórica no tiene que ser un folletín infecto situado en algún punto más o menos atractivo de la historia, una simple narración de acción, una novel•la de “cinco duros” de pistoleros, de aquellas que solo explicaban cuatro aventuras con muchos tiroteos, persecuciones trepidantes y alguna escena subida de tono. Hay que pedir solidez literaria a la novel•la histórica y a la vez exigirle, en cuanto que histórica, verosimilitud, fidelidad en la época que imagina y que nos haga disfrutar con calidad de la complejidad del estudio del pasado, que nos enriquezca con sus hipótesis de cómo era el tiempo que ficciona y no que nos lo abarate con simplificaciones y estereotipos.

En cuanto a la obra de Hancke cumple con creces estas exigencias. Su historia es sólida e interesante, escrita con un estilo sinuoso, sensual y cálido, y explicada desde un punto de vista escogido con cuidado: la de una mujer que sufre en su persona la cruzada francesa contra los albigenses. Es decir, la novel•la quiere explicar como las mujeres, y más en concreto las mujeres nobles, vivieron esta enorme impostura que fue la cruzada contra los albigenses, que bajo la apariencia de una lucha por la fe escondía una terrible siete de conquista política y, a la vez, el hambre por anorrear una sociedad demasiada abierta y espiritualmente demasiado compleja por una época como el siglo XIII. Esta empresa, llevada a cabo con crueldad (hay que recordar por ejemplo los episodios de la matanza de Béziers o el prado de los quemados de Montségur), queda retratada en el libro según la visión que tenían las mujeres lenguadocianas. La autora nos muestra el sufrimiento de unas espectadoras de lujo que poca cosa podían hacer en un mundo de hombres en lucha. Aun así, desde su mundo recluido en la casa, al gineceu impuesto por la tradición grecolatina, las mujeres luchaban para hacer más amable la cotidianidades, por palo•liar la ausencia de los hombres que eran en la guerra, y para minimizar el impacto que tenían las victorias cruzadas sobre sus vidas y, sobre todo, el terror que la inquisición esparció por aquellos territorios que hacía poco vivían inmersos en una cultura refinada que exaltaba el amor cortés y respetaba las ideas gnósticas según las cuales vivían los cátaros. Justamente es la inquisición la que dejó más testigos escritos de la locura que asoló Occitania en los siglo XIII. Hancke, como historiadora, ha utilizado este material para abastecer una narración que ella mismo define como mezcla de historia y ficción, fruto, sin duda, de la lectura de unas fuentes que, de tan tergiversadoras, debían de hacer difícil entender los hechos que en realidad sucedieron. A pesar de todo Hancke sabe jugar con los vacíos y los equívocos, llenar con ficción o con su interpretación aquello que las crónicas y los documentos no acaban de aclarar y, en definitiva, sabe crear un mundo ficticio verosímil, vive y vibrante.

Justamente el problema de las fuentes y su interpretación a la vez de crear el discurso histórico es un tema de debate encara hoy a la vez de fijar los hechos que pasaron entre el 1209 y el 1255, entre el inicio de la cruzada y la caída del castillo de Quéribus que valla definitivamente la acción militar francesa sobre el Languedoc. Hay que tomar conciencia que la historia, entendimiento como discurso sobre la historia, no es tan objetivo como se suele pensar, puesto que una vez el historiador ha recogido las fuentes es él quienes crea el discurso y, por lo tanto, es su visión la que ordena hechos y posa énfasis sobre acciones, personajes... Georges Duby, el eminente historiador francés, defiende que todo es texto y, por lo tanto, interpretaciones hecha en función de todo aquello que sabe y cruz el sujeto de esta acción de conocimiento. La historiografía francesa, pues, influida por las canciones de gesta que más tarde se hicieron sobre la cruzada, por su cosmovisión y su idea de Francia, no da reconocimiento a la importancia del conflicto que hubo con el reino de Cataluña y Aragón, y no acepta la idea que los territorios que se conquistaron no formaban ya parte del Francia —y que por lo tanto sencillamente se reabsorbieron— sino que eran un territorio diferente, con más vínculos a la cultura catalana del sur que a la cultura francesa del norte. La idea hegeliana que las naciones son un tipo de encarnación del espíritu, el volkgeist, y que son entidades inmutables en el tiempo de las cuales se puede estudiar su devenir temporal es muy próxima tanto en la visión española como la francesa. Así pues, los franceses tendían a pensar que el antiguo imperio de Carlemany era tan Francia como la Francia actual, y que la conquista hecha por la cruzada contra los albigenses no hacía sino reconstruir un territorio nacional que se había cuarteado por vicisitudes históricas, del mismo modo que los españoles ven en la Reconquista una recuperación de un territorio nacional que originariamente los pertenecía en cuanto que es el lugar donde el espíritu se encarna en la supuesta nación española. La supervivencia de Cataluña en medio de esta visión de dos naciones tan potentes como la francesa y la española es, como mínimo sorprendente, igual que lo es el hecho que historiadores catalanes como de Abadal incorporaran la visión francesa de la cuestión en sus escritos, seguramente condicionados por el prestigio de la cultura francesa. Aun así, otros historiadores como Jordi Ventura o Xavier Escura, con un visión de los hechos más centrada en las consecuencias que el conflicto tuvo para Cataluña, nos han hecho dar cuenta que hay más del que parece detrás esta cruzada y Friega, en concreto, posa el Papa Inocenci III como principal instigador y beneficiado de la cruzada. Según él la geopolítica de los estados pontificios no podía tolerar que una potencia como el Reino de Aragón se extendiera más allá de los Pirineos, se hiciera suya Occitania, desafiara su principal aliado, el pequeño y reino Francia, e impulsara así una cultura de la tolerancia que permitió la expansión de un culto, el albigense, que cuestionaba la verdad del mensaje cristiano que defendía la iglesia de Roma. Parece ser que los cátaros eran los herederos de unas ideas gnósticas que habían llegado de oriente a través de los bogomilos, los cuales a su vez habían heredado las ideas de una secta judía, los essenis, a la cual pertenezca Jesús de Nazaret. Según esta tradición la gnosis, el conocimiento de Jesús espiritual, consistía al saber que Jesús no era hijo de Dios sino un tipo de profeta que enseñaba que la divinidad está dentro del hombre y que todo ser humano tiene una chispa. Este sería el verdadero mensaje cristiano, un mensaje hermético destinado a unos pocos acólito, pero que fue posteriormente transformado por varios artífices entre los cual destaca Pau de Tarso, auténtico fundador de la iglesia católica (universal), que fue quién atribuyó a Jesús la naturaleza divina. Posteriormente Pau será confirmado por Ireneu de Lyon, a finales del siglo II, que se encargó de anatemitzar los escritos gnósticos, convirtiéndolos en herejes, y confirmar solo aquellos evangelios que iban en la línea de la iglesia católica. A partir de él el cristianismo católico será oficializado con el emperador Constaté, el 313 d. C., y la iglesia católica apostólica y romana irá adquiriendo el poder que le permitirá el siglo XIII convocar una cruzada, esta vez contra territorios cristianos, con el fin de enterrar de una vez por siempre jamás esta visión alternativa del cristianismo que podía cuestionar sus dogmas y su poder temporal. Su tarea no salió bien y hoy sabemos más cosas que nunca de las sectas gnósticas gracias a los manuscritos de Nag Hammadi, descubiertos el 1945, y conocidos popularmente como los manuscritos del mar muerto, de los cual National Geographic ha reconstruido recientemente uno de los más polémicos: el evangelio de Judas.

En cuanto a Hancke, la escritora muestra conocimiento de todas estas cuestiones, tanto de la importancia de las creencias cátaros como de la importancia del reino de Cataluña y Aragón, pero no aborda ninguno de las dos cuestiones puesto que probablemente le quedaban fuera de su radio de interés. Desde la perspectiva catalana es una lástima no poder observa cuál es la opinión de esta historiadora de formación francesa (si bien ella es alemana) sobre que fue y que es Occitania. Normalmente en la literatura francesa, y también en los ensayos, el tema catalán suele ser pasado por alto. Por otro lado, como que ella misma afirma que habrá más libros es de esperar que en algún momento u otro tenga que mostrar su visión sobre la cuestión.

Para acabar, y refiriéndome de nuevo a la importante tarea estética que hace Hancke a la vez de realizar la vertiente literaria de su obra, y en concreto a este punto de vista femenino, hay que destacar la extraordinaria construcción de los personajes femeninos de la obra, Aimengart por supuesto, pero también secundarias como Gailharda o Aélis. Estos personajes están esbozados de forma que evolucionan a lo largo de la obra, aprenden de los acontecimientos y se modulan en función de ellos. A la vez, pero, muestran su parte irreducible, aquellas ideas y actitudes que los hacen ser quién son y que, por lo tanto, no pueden renunciar a ellas. Hancke hace aquí una gran tarea de construcción literaria. Por otro lado, la profundidad psicológica no se agota en la psique femenina, sino que también el personaje masculino principal, Peire, está admirablemente muy trazado, así como el temible inquisidor Bernat de Caux, personaje real quizás un poco estereotipado a la obra pero que sirve a Hancke para hacer que los personajes muestren sus emociones, un elemento que destaca en el libro y que le da mucha vivacidad. También hay que mencionar el dominio del espacio y del tiempo. El tiempo del libro es circular, con saltos, un recurso habitual pero muy empleado, de manera austera y efectiva, reforzado por una fecha impresa a primeros de cada capítulo y encima de cada página en la edición francesa. Y en cuanto al espacio, Hancke muestra un conocimiento extraordinario de la geografía y el paisaje, antrópico o no, del Languedoc del siglo XIII, así como una enorme capacidad para describirlo y hacer que el lector lo vea. Un golpe más la historiadora y la escritora se alían para construir una obra sólida e interesante. De hecho, esta capacidad lingüística de Hancke como escritora, combinada con su enorme conocimiento creo que es el que hace que el producto final sea tan extraordinario. Hancke sabe encontrar su voz como narradora, una voz muy soportada en un uso de la lengua, rico sin llegar a una complejidad que pueda entorpecer una narración que es ágil, pero a la vez descriptiva, rica en detalles y con un tempo pausado, dulce, cálido como el verano tolosà. Se nota que a la escritora le gusta escribir y a la vez le encanta explicarnos como voz ella lo Languedoc del siglo XIII. Visión de mujer sobre la visión de la mujer. Doblemente rico. El resultado no puede ser sino una novel•la excel•lento, que ha encontrado el equilibrio entre el interés por la historia y la pasión por la literatura. En definitiva, una excel•lento novel•la histórica que desgraciadamente todavía no se encuentra traducida en casa nuestra.

A la sección de comentarios podéis leer una traducción del primer capítulo de la obra que he hecho yo mismo. Espero que os guste.


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Joan Trabal

Ofereixo aquí una traducció del primer capítol de l’obra, que es pugui llegir en català i observar-ne la qualitat i l'encís! Si alguna editorial llegís això i ho volgués continuar estaria encantat d'acabar-la, és clar! GWENDOLINE HANCKE: El mirall d'Aimengart. Capítol primer Novembre de 1245 El sol ja comença a pondre’s, cedeix el seu lloc a les boires hivernals quan, a la fi d’aquesta tarda freda, porten el proper testimoni a la sala. La jove, d’uns trenta anys, s’aguanta dreta i avança amb pas lent i altiu. Només els flocs rossos que s’han escapat del seu cabell recollit cauen, rebels, damunt la seva cara. Les ombres sota els ulls i la vermellor de les galtes a la cara pàl•lida deixen endevinar la fatiga, el desesper i el camí recorregut des del Lauraguès fins al claustre de Sant Serni, a Tolosa. Bernat de Caus, l’inquisidor, que l’espera dempeus a la penombra amb la cara buida de qualsevol expressió, no deixa de mirar-la. Al seu costat, assegut en un banc davant d’una taula, el seu notari i els quatre canonges que composen el tribunal miren amb insistència l’acusada amb una barreja de curiositat i fatiga. La jove alenteix encara més el seu pas. Instintivament s’embolcalla més amb la seva capa enfangada i creua els braços davant del seu ventre per protegir allò que té de més preciós i del qual n’espera l’existència amb penes i treballs. La mirada freda de l’inquisidor la glaça més que la temperatura hivernal i, sota la dolçor de la roba d’abric, sent la camisa i també la pell humitejar-se amb suors fredes. Quan ja no és sinó a poques passes del dominicà que, immòbil, li sembla molt gran amb la seva capa negra, ell l’atura amb un gest del seu braç dret, sense pronunciar un sol mot. Ningú parla, ningú es mou. Els segons s’escolen lentament, molt lentament, com tota una vida. La jove observa les cares de les escultures dels capitells que semblen prendre vida sota la llum dansaire de les espelmes i l’amenacen o es burlen d’ella per torns, mentre les imatges es claven dins el seu cap i la sang s’atura dins les seves venes. Finalment l’inquisidor pren la paraula, amb una veu lenta i densa, gairebé monòtona. L’acusada, per bé que és una dona cultivada, no el pot comprendre perquè li parla en llatí. Només li son intel•ligibles el seu nom i els de les persones que li són properes. Però sap el que l’inquisidor li diu i també el que passarà. L’ inquisició els persegueix des de fa més de deu anys i ja ho ha conegut una primera vegada davant un altre tribunal. Sap també que, als ulls de Bernat de Caus, ella és una relapse. Una heretge reconvertida que ha tornat a caure en l’heretgia, i que no pot esperar cap gràcia d’aquests homes. El notari tradueix de seguida les paraules de l’inquisidor a la llengua d’oc, mots que no tenen cap sentit per a ell, des que els repeteix cada dia, des de fa setmanes, mesos, anys...: —Aimengart, dona de Pèire de Mazerolles, senyor de Gajan de la Selva. Filla del difunt Isarn de Fanjaus, jures damunt dels quatre evangelis de Déu de dir la veritat pura i sencera en matèria d’heretgia, tant sobre tu com sobre d’altres, vius o morts? — Ho juro!— Bernat de Caus, gairebé immòbil tota l’estona, sense mostrar les mínima emoció, comença aleshores el seu interrogatori, que el notari tradueix frase per frase: — A quina època vas veure heretges per primera vegada?— Aimengart intenta concentrar-se, li cal parlar, no té altra opció. L’inquisidor sap massa d’ella: el que ella ha confessat i tot allò que els que li són propers, sota pressió, han dit d’ella. Ermessenda, sobretot, ha estat interrogada per Bernat de Caus en aquesta mateixa sala encara no fa dues setmanes; la seva cunyada Ermessenda, la seva estimada cunyada, tan jove encara, massa jove, gairebé una nena, i tan vulnerable, vençuda per la por. Aimengart ha de parlar, però ha d’aconseguir a qualsevol preu no trair ningú i dissimular que sap on s’amaga el seu marit, el faidit fugitiu, condemnat per heretgia i estat de rebel•lia... — Ja fa uns 25 anys, jo era petita, a Queille, a la punta del riu Touyre, a mig camí entre Mirepoix i La Roca d’Olmes, anava sovint al molí del meu pare... I allà, les imatges prenen vida dins el cap d’Aimengart: el seu pare en el seu llit de mort uns mesos abans, el seu pare, un home tranquil, bo i just, la despreocupació dels seus ulls de nena sobre les ribes del Touyre, les cimes ennegrides dels Pirineus sota un llunyà cel blau, els turons vers dels Lauraguès i Pèire, el seu marit, aquest home orgullós, salvatge, insubmís, Pèire, el seu destí, la seva paüra i el seu amor... i Gailharda, pàl•lida, vella abans d’hora, com una flor rara que es marceix, però eternament fidel... Les imatges s’empenten dins el seu cap, la sang torna a circular dins les seves venes i les llàgrimes, dolorosament retingudes, cremen darrere els seus ulls. Les seves mans s’aferren damunt el seu ventre, les seves cames cedeixen, s’ensorra, cau de genolls com una mare de déu embolicada amb el seu espès mantell blanc, i buida el contingut del seu estómac sobre les lloses fredes sota els ulls astorats dels canonges i un sospir de disgust de l’inquisidor —primera manifestació que la seva natura és humana, si bé refrenada. Però l’instant de feblesa no dura més que uns segons. Abans fins i tot que l’inquisidor pugui reaccionar, Aimengart recupera el domini del seu cos i, amb una veu calmada, reprèn el fil del seu recorregut de creient de l’Església dels Bons Cristians i Bones Cristianes. Els seus mots són curosament traduïts i consignats pel notari a fi de poder confondre alguns dels altres nombrosos còmplices d’heretgia. Així, Bernat de Caus, quan erradiqui la seva creença i la de tots aquells qui la comparteixen, lliurarà la història d’Aimengart a les generacions futures...

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