El libro flotante de Caytran Dölphin de en Leonardo Valencia es un buen libro. Esta es una expresión bien corriendo cuando salimos del cine o hablamos de un disco y, en cambio, se bien escadussera cuando se trata de libros, pero, aun así, me veo con coro de defenderla en cuanto a esta magnífica pieza literaria. De argumentos salen por los descosidos. podría aducir de meramente subjetivos (me ha gustado, engancha, es interesante...) pero prefiero centrarme en materiales más objectivables porque yo soy de los que creen que los libros se tienen que poder valorar como buena o mala literatura, eso sí, en base a una argumentación sólida y consistente, está claro, puesto que si bien es cierto que toda lectura tiene un componente de subjetividad —en cuanto que es relativa a las experiencias vitales y literarias de su artífice— bien tenemos que poder establecer un tipo de canon estético que evite la sensación que todo tiene el mismo valor. Pero esto defiendo que el Código da Vinci es malo, que no es el mismo Borges que Dan Brown, a pesar de que, por motivos que ahora tendré que dejar al aire, un mal libro puede tener un efecto social beneficioso, sobre todo si la sociedad que lo recibe encuentra en un momento de cultura tan bajo como se encuentra nuestra vieja y estimada cultura occidental.
La trama de la obra de Valencia gira alrededor de un misterioso libro ficticio, Estuario, escrito por un personaje perverso, Caytran Dölphin, que ha desaparecido en circumstancies poco esclarecidas. Quién es Caytran? Qué verdad contiene su libro que lo haga tan sobrecogedor? Esta es la gran pregunta que plantea el libro a sus personajes, pero no lo hace como si fuera una historia detectivesca que se centrara en descubrir quién es el asesino, sino que el que hace el escritor es #concentrar al mostrar los efectos devastadores que la obra causó en las personas que la leyeron, (en concreto en un grupo de personajes que eran los lectores escogidos o los lectores modelo ficticios si voláis) y las causas de la génesis de la obra. Todos sabemos que un libro, o más bien su lectura, puede ser dolorosa. Valencia se basa en esto para hacer un juego de espejos entre Caytran y sus lectores, y él y nosotros, de forma que, como lectores, nos involucra completamente en su libro (seguramente debe de pensar que una obra literaria no está acaba hasta que un lector la lee y, por lo tanto, la re-crea). La clave de su éxito, pero, rae en que la obra es redonda como un buen vino: mantiene un equilibrio de funàmbul entre la historia y la manera de explicarla, entre la materia y la forma vaya. Las prisas para explicar una historia no le hacen olvidar que el que diferencia un buen escritor de uno de mediocre no es solo la historia que explica (todos hemos sentido en algún momento alguien explicando alguna historia real que, muy escrita...) sino la manera como la desgrana, como conduce el lector por el mundo posible que se manifiesta en las páginas de la obra. En relación con esto es esencial el trabajo que Valencia ha hecho con los personajes: no hay nada más exasperante en una obra extensa que no ver los personajes! Valencia, en cambio, nos muestra sus personajes sin empalagarnos con retratos de aquellos que no dejan espacio al lector; nos ofrece la evolución y las penas; nos involucra en sus preocupaciones y nos envuelve en una atmósfera de incertidumbre, a veces de melancolía, que sabe teñir con desdén, incluso con perversión, y todo esto lo hace sin escatimarnos la poesía. El dominio del espacio y del tiempo es contundente: Valencia no solo no escatima los recursos que se relacionan (multiplicidad de espacios y, por lo tanto, de acciones dentro de un esquema metanarratiu, saltos en el tiempo...) sino que construye el hilo conductor de la historia en base a una gran discontinuidad espacio temporal, de forma que la historia bascula adelante y atrás en el tiempo, y de Italia en Ecuador, con una fluidez absoluta. El uso de los recursos lingüísticos, las metáforas, los giros comparativos, y la sinonimia es abrusador. Qué riqueza léxica e imaginativa! Y por si fuera poco, se atreve a jugar el juego de una narrador omnisciente en primera persona! Tampoco nos escatima la intertextualitat (continuamente cita directamente o indirecta a otros escritores) y, si Macondo nos puede resonar en las inundaciones de Guayaquil, también creería sentir el eco de la Alejandría de Lawrence Durrel.
Para acabar os diré que, aunque la trama de la obra esté acabada, el libro no lo está, ni lo estará nunca. Como que el centro de la historia es el descubrimiento del verdadero autor de un libro apócrifo, Valencia nos propone continuar jugando al juego de las falsificaciones y reescribir o falsificar su obra en una página web, de forma que la gran impostura que se Caytran Dölphin continúe viva. Os atrevéis a hacer una visita a su sitio web y a convertiros en falsos escritores reales? Vais a , pero quizás antes os habrá que leer el libro...